Hoy lo rodea otro aura, hoy la luna no lo alcanza. Pensó en derramar tibia sangre en un mundo de muertos, en perder el habla en un mundo de sordos, en extirparse la vista en un mundo de ciegos. Y aunque ya era uno más, la idea no entraba en su conciencia.
Desde esa altura poco se veía el sol al caer la tarde, así que decidió treparse por la medianera mohosa, vieja y mal pintada que tanto lo había protegido de niño. Vio los perros correr por la vereda, sintió el aroma de La Ventana, observó a los viejos hablando en La Romana. Y aún así, no entraba en su conciencia.
Por más que quisiera, el sol no le estaba hablando, las nubes no formaban un mensaje. Intentó en su soledad entretejer una frase algo complicada, pero al verse trabado por lo corto de su vocablo, se encontró humillado, solitario y demasiado lejos de aquel tiempo en el que podía moldear su carácter, su personalidad. Sin embargo, la construcción de su propio dilema lo dejaba exhausto, corriendo ya dolorido en un entorno de pensamientos filosóficos demasiado antiguos, y que la gente por instinto dejaba de lado. Pero él no era más inteligente, no era más formado en el saber popular al encontrarse con estos dilemas, con el paradigma de la humanidad, al contrario: era tal vez el único idiota de su generación que se los planteaba y realmente los trataba de resolver.
Todo se armaba, se esclarecía en su cabeza. No sé por qué la gente al escuchar la palabra "esclarecer" cree que todo se solucionó. Lo que encontró detrás de tanto filosofastro fue a un hombre desnudo, petrificado por la realidad, por el encuentro con su verdadero medio, y el encuentro con su cárcel, un mundo mucho más grande al verdadero, donde se toca lo abstracto, se realiza lo absurdo y la filosofía no toca la vida. Esta contradicción lo dejó mudo ante el sol, moribundo y contemplado por un alma vacía de tanto inutil pensamiento.
Desde esa altura poco se veía el sol al caer la tarde, así que decidió treparse por la medianera mohosa, vieja y mal pintada que tanto lo había protegido de niño. Vio los perros correr por la vereda, sintió el aroma de La Ventana, observó a los viejos hablando en La Romana. Y aún así, no entraba en su conciencia.
Por más que quisiera, el sol no le estaba hablando, las nubes no formaban un mensaje. Intentó en su soledad entretejer una frase algo complicada, pero al verse trabado por lo corto de su vocablo, se encontró humillado, solitario y demasiado lejos de aquel tiempo en el que podía moldear su carácter, su personalidad. Sin embargo, la construcción de su propio dilema lo dejaba exhausto, corriendo ya dolorido en un entorno de pensamientos filosóficos demasiado antiguos, y que la gente por instinto dejaba de lado. Pero él no era más inteligente, no era más formado en el saber popular al encontrarse con estos dilemas, con el paradigma de la humanidad, al contrario: era tal vez el único idiota de su generación que se los planteaba y realmente los trataba de resolver.
Todo se armaba, se esclarecía en su cabeza. No sé por qué la gente al escuchar la palabra "esclarecer" cree que todo se solucionó. Lo que encontró detrás de tanto filosofastro fue a un hombre desnudo, petrificado por la realidad, por el encuentro con su verdadero medio, y el encuentro con su cárcel, un mundo mucho más grande al verdadero, donde se toca lo abstracto, se realiza lo absurdo y la filosofía no toca la vida. Esta contradicción lo dejó mudo ante el sol, moribundo y contemplado por un alma vacía de tanto inutil pensamiento.

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